lunes, marzo 27

Confusiones monetari(st)as

Alan Cibils y Mariano Arana*
Especial para BAE Negocios
La llegada al poder de Macri marcó un cambio radical en la política económica. Se implementaron rápidamente una serie de medidas que favorecieron a los sectores empresarios concentrados, a las inversiones extranjeras y al sector financiero. Una reforma clave fue la implementación de una política monetaria de metas de inflación -favorita del FMI y del establishment financiero global- que además lleva implícita la “independencia” del Banco Central y un tipo de cambio flotante.
Para los economistas ortodoxos que promueven esta política, la inflación es peor que el desempleo, la pobreza, el hambre, el atraso tecnológico o la recesión. Según la ortodoxia, el exceso de demanda generado por el gasto público y financiado con emisión monetaria es la principal causa de la inflación. La solución entonces, sería recortar el gasto público y eliminar el déficit fiscal. Contra la expresión de la inflación como un fenómeno complejo y multicausal -donde el gasto público es sólo uno de los posibles factores influyentes-, los economistas ortodoxos suelen repetir sus argumentos técnicos en los que poco importan la restricción externa, los tarifazos o la puja distributiva. Para éstos, lo que regula la trayectoria de los precios es la capacidad del Estado para controlar sus gastos.
Al mejor estilo PRO, la restricción presupuestaria un Estado a la de un hogar. La idea de que un hogar limita su gasto acorde a su ingreso se pone como un reflejo de la administración del Estado; a lo que sigue el reclamo de austeridad para ambos. Pero si bien esta idea es una realidad para un hogar particular, resulta absolutamente falsa para el Estado. ¿Por qué? En primer lugar, porque el Estado tiene la capacidad de emitir moneda, cosa que ningún hogar puede hacer. Por otro lado, si para el hogar el ingreso debe anteceder al gasto, para el Estado la secuencia es inversa: emite, gasta y recién después recauda.
La concepción ortodoxa también reconoce al dinero como una mercancía, que al aumentar su oferta reduce su valor (si no hay una nueva demanda que acompañe); ello tiene serias dificultades para comprender cómo funciona el dinero en los Estados modernos con moneda soberana. El problema es que el dinero moderno no es una mercancía cuyo valor está regulado por una relación técnica sino una convención política, respaldada por el Estado emisor y por lo tanto, un instrumento de política económica.
Felicidad y encuentro, sin producción
Además de la analogía del Estado y el hogar, PRO ha realizado más esfuerzos en materia simbólica sobre el dinero. La concepción técnica del dinero como mercancía, opuesto a la política y sus actores, quedó claramente expuesta en la presentación del presidente del BCRA, Federico Sturzenegger, de los nuevos billetes en junio de 2016. Los pesos no portarán los rostros de la política, ni recordarán los conflictos con el extranjero, en su lugar, los billetes muestran diversas especies de la fauna argentina: desde los conocidos yaguareté ($500) y ballena franca austral ($200), al hornero ($1000), la taruca ($100), el cóndor ($50) y el guanaco ($20). La eliminación de figuras de la historia argentina es una señal clara de los esfuerzos por eliminar su contenido político.
Es sugerente que el período anterior al auge agroexportador en 1880, algunas emisiones de bancos provinciales también mostraron animales, entre ellos, frecuentaban el ganado vacuno y ovino. En 1873 el billete de $2 pesos fuertes del Banco Nacional dispuso la imagen de dos ferrocarriles pujantes, probablemente cargados de cereales y carnes. El cambio industrializador posterior a la crisis de 1929 tuvo su lugar destacado en los billetes de $1 en 1947. Junto a los ferrocarriles se dibujaron grandes buques, teléfonos y aviones. Además de la unidad nacional expresada en la política y el territorio, varios billetes argentinos mantuvieron la relación con el modo de desarrollo económico, tanto en el régimen oligárquico como durante la industrialización de posguerra, con la excepción de la serie “Efigie del Progreso” emitida en el período de la Caja de Conversión a fines del siglo XIX, que quitó las figuras de la política de los billetes. La nueva figura dineraria actual no se ahorra analogías entre la contracción monetaria y la fauna en peligro de extinción, ni con el ideal del progreso de una Argentina rentística.
Los pesos no portarán los rostros de la política, ni
recordarán los conflictos con el extranjero
Además, Sturzenegger explicó que el incluir animales en vías de extinción debería servir para crear conciencia ambiental (algo totalmente fuera de las incumbencias del BCRA) y que los nuevos billetes deberían producir alegría y encuentro entre todos los argentinos. Sin embargo, las políticas económicas del macrismo alejan cada vez más a más argentinos del encuentro con el trabajo, los billetes, y la alegría. Estamos, por lo tanto, ante una significativa confusión del oficialismo: en lugar de entender al dinero como un instrumento del Estado, para paliar las insuficiencias inherentes a cualquier economía de mercado, la tratan como una mercancía apolítica y ahistórica, alejada de la forma de producir para desarrollar a la nación

lunes, febrero 13

Damage Economics comes to Latin America


En 1955 la Universidad de Chicago firmó un acuerdo con la Universidad Católica de Chile para entrenar a economistas en el país andino. El programa de intercambio estuvo financiado por United States Agency for International Development (USAID, agencia que siguió las directivas del Departamento de Estado estadounidense) y entrenó a varios economistas chilenos en los códigos teóricos del monetarismo cuyo referente principal fuera Milton Friedman, conocido por su re-apreciación de la teoría cuantitativa del dinero, que asociaba déficits públicos a inflación. Entre estos economistas se encontraban diversos funcionarios que guiaron la economía chilena posterior al golpe de Estado dirigido por Augusto Pinochet en 1973.
En un artículo denominado Good Economics comes to Latin America, 1955-95, el economista y responsable de los acuerdos entre Chicago y La Católica, Arnold C. Harberger, enfatizó la relevancia que tuvieron los cambios en la enseñanza de la economía en los procesos de liberalización, modernización y reformas políticas en América Latina. Allí expuso los principales argumentos contra las ideas originadas en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Indicó que la Economía Política que se enseñaba y practicaba en la región era conceptualmente errónea y que la “buena economía” había desembarcado en Chile desde Chicago en 1955. Aquel proyecto entrenó a más de una docena de ministros claves, banqueros centrales y directores de presupuesto con las ideas de mantener tasas de interés reales positivas, eliminar controles de precios, abrir las economías al comercio internacional, reducir controles y tarifas, entregar “racionalidad” a los precios de servicios públicos, privatizar la seguridad social y abrir la economía a los mercados de capitales (casi todas medidas señaladas y festejadas en el informe sobre la Argentina publicado en noviembre de este año por el FMI en el marco del artículo IV).
Entre 1974 y 1989, el proyecto militar logró combinar el desempleo más alto (18%) con los niveles de inversión más bajos de su historia contemporánea. Además, provocó un giro regresivo en la distribución del ingreso del que hasta la actualidad no se ha podido revertir. Mantuvo en esos quince años, una tasa de inflación promedio del 80% anual y los niveles salariales más bajos de su historia reciente. En los primeros cinco años de monetarismo en Chile, su PBI creció menos que el resto de América Latina y en sus primeros diez años, su deuda externa se quintuplicó. El economista chileno -también doctorado de Chicago- Ricardo Ffrench Davis sintetizó: “La consecuencia fue que tasas de inflación superiores al 300% anual persistieron hasta el tercer año de vigencia del modelo, a pesar de la restricción monetaria, de un presupuesto fiscal ya equilibrado en 1975, y de la generación de una enorme brecha recesiva entre el PBI potencial y el efectivo.”
Nadie, alguien o una dictadura
En el marco del festival internacional de Cine Documental el mes de agosto pasado se presentó el film Chicago Boys en el Cine Gaumont. El trabajo estudia el proceso por el cual varios economistas entrenados en la Universidad de Chicago aplicaron las ideas fundamentales pro-mercado en la sociedad chilena a partir del golpe militar de 1973. Cuenta cómo, un grupo de estudiantes universitarios autodenominado “La Mafia”, sin militancia ni interés político -en apariencia-, se entrena en una universidad extranjera y es financiado con becas internacionales (algo que sucedía con una parte importante de los economistas a mediados del siglo pasado en Argentina) y regresan a su país de origen para transmitir y aplicar su expertise. En los años setentas y sin haber tenido impacto en la política chilena hasta el momento, este grupo es convocado para diseñar una serie de políticas económicas orientadas a quitarse de encima las transformaciones del gobierno de la Unidad Popular de forma permanente y a participar, cada vez más, de cargos de conducción de jerarquía dentro del gobierno militar.
El golpe de Estado chileno combinó tempranamente juntas militares y tecnócratas neoliberales pretendiendo una separación entre política y economía que se materializaba en la técnica. Entre 1969 y 1973 el grupo se fue ampliando y crearon lo que apodarían “El Ladrillo” (formalmente se llamó “Programa de Desarrollo Económico”), un texto estructurado en dos capítulos. El primero de diagnóstico, donde señalaban problemas de bajo crecimiento, estatismo exagerado, inflación, escasez de empleos productivos, entre otros, y un segundo capítulo destinado a política especificas macroeconómicas y otro tanto de políticas sectoriales. Este apunte reconoce antecedentes en 1969 cuando los economistas participaron en el armado de un plan para la candidatura del opositor a Salvador Allende, Carlos Alessandrini, quien perdió las elecciones en 1970 por una diferencia apenas superior al 2%. Sin embargo, estas ideas no habían logrado convencer a esta fuerza política debido, en parte, a la falta de gradualidad de las políticas propuestas. Estos economistas pretendían actuar como dispositivos de cambio social revelando una pretensión neutral y técnica del saber económico más allá de los sujetos sociales, creando un plan para cualquier gobierno o, en palabras de Sergio de Casto (ex-ministro de hacienda chileno entre 1976 y 1982 y egresado de Chicago) “…para que aplique nadie, o alguien”.

El 28 de agosto de 1976 Orlando Letelier, ex canciller del gobierno de Allende en EEUU, publicó un artículo en el periódico The Nation, The 'Chicago Boys' in Chile Economic 'Freedom's' Awful Toll denunciando el programa económico por sus efectos devastadores sobre el empleo y regresivos en la distribución de la riqueza. Allí señaló que testigos de un comité sobre Inteligencia del Senado de EE.UU. sostuvieron que algunos de los economistas de Chicago recibieron fondos de la CIA para los esfuerzos de investigación del proyecto económico que se le ofreció a los líderes militares antes del golpe. Recientemente el gobierno de los Estados Unidos entregó a la presidenta chilena, Michelle Bachelet, documentos desclasificados que demuestran que Pinochet ordenó el asesinato de Letelier el 21 de septiembre de 1976 en Washington.

URL: https://www.pagina12.com.ar/18194-doctrina-chicago-boys