lunes, enero 29

La CEPAL ayer y hoy

Creada en 1948 a la sombra de la recuperación europea de posguerra, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) celebra este año su 70 aniversario. Al año siguiente, el economista argentino Raúl Prebisch encabezó y potenció esta comisión al publicar el llamado Manifiesto latinoamericano donde expuso el cambio de dominio del escenario internacional y la dinámica económica entre el centro y la periferia latinoamericana. De este modo, daría inicio al cepalismo -conocido posteriormente como Estructuralismo latinoamericano-, un enfoque que creó teoría y práctica para la política económica y que se posicionó en el núcleo de debate de las ciencias sociales en América Latina.

Para muchos intelectuales que participaron activamente de este organismo, como Celso Furtado, aquel documento fue un verdadero “grito de guerra” enfrentado a los conservadores de la región, aunque para los sectores de izquierda constituyó una agencia de difusión de la teoría del desarrollo planeada en los países centrales. Según el economista chileno Osvaldo Sunkel, esta corriente disputó el saber y hacer económico con diversos marcos teóricos (marxistas, neoclásicos y el keynesianos), dando como resultado una teoría específica que contabilizó en sus inventarios al método histórico-estructural, el enfoque centro-periferia, la tendencia a la caída de los términos de intercambio y las técnicas de análisis y proyección para la promoción de la industrialización, entre otros. En sus primeras décadas, la CEPAL formó un enfoque identitario al señalar las condiciones asimétricas de difusión del progreso técnico entre regiones, orientado a la comprensión de espacios subordinados en la circulación del poder internacional. Se enfrentó tempranamente al Monetarismo a través del debate sobre la estabilización, la programación del desarrollo y la teoría de la inflación estructural. 

En el medio de las miradas de la emancipación y la dependencia ideológica, el Estructuralismo cepalino recibió duras críticas durante los años 60 que diseminaron su influencia. La transición entre el período de la industrialización por parte del Estado y el período de las reformas de mercado estuvo mediada por la crisis de la deuda latinoamericana, cuya violencia minó la tendencia del crecimiento en la región y torció los enfoques originarios. Entre los años 80 y 90 estos cambios no solo le bajaron el volumen al “grito”, sino que en muchos casos acompañaron al discurso neoliberal dominante. Los procesos de desindustrialización, apertura económica y la caída del muro de Berlín y de la U.R.S.S. contribuyeron al cambio de la fisonomía de sus publicaciones. No obstante, las diferentes trayectorias políticas, de los modos de desarrollo en América Latina y contexto mundial de la primera década del siglo XXI contribuyeron a una renovación del pensamiento cepalino, el ahora denominado, Neoestructuralismo.

Contra la Gran Moderación

Los economistas neoliberales que pregonaron el fin de las crisis desde fines de los años 70 escribieron el preludio del fin de la historia de Francis Fukuyama. El neoliberalismo se presentó no sólo como el estadio final del capitalismo sino -sobre todo- como un estadio estable, una metáfora del steady state de los modelos de crecimiento económico de los años 50, aquel estado donde el cambio es marginal y en una misma dirección. Antes de la crisis del 2008, esta idea de estabilidad agregada fue difundida por el ex economista jefe del FMI, Olivier Blanchard y bautizada en 2002 como La Gran Moderación por el economista de Harvard, James Stock. El saber convencional de la academia mantuvo sus convicciones de que en un mundo donde los incentivos monetarios estuvieran alienados con la estabilidad global; era un mundo estable. Y en todo caso, si se desestabilizaba, sería consecuencia de un desorden en el diseño de los incentivos.

Los cambios ocurridos a partir de la crisis del 2008 alentaron una crítica de diversos frentes al consenso sobre estabilidad macroeconómica y de las finanzas internacionales, y precipitaron una nueva estrategia para la región. En su reciente libro Neoestructuralismo y corrientes heterodoxas en América Latina a inicios del siglo XXI, la CEPAL estructuró sus ideas y las puso en diálogo con otras corrientes del pensamiento económico heterodoxo (como la poskeynesiana, regulacionista, institucionalista, evolucionista, marxista y radical) con el objetivo de influir en las decisiones de política económica que se toman en las esferas estatales. Se distanció de las visiones dominantes en varios sentidos, pero principalmente porque no apeló conducta individual de los agentes como elementos fundamentales de la regulación sistémica, sino que incorporó una dimensión institucional, ordenadora de comportamientos en el ámbito de la meso-economía y desarrolló esquemas macroeconómicos para las explicaciones de los ciclos en América Latina. A las viejas ideas sobre la estructura observada sobre la densidad de la matriz insumo-producto, le agregó la centralidad de la política industrial y la gestión del ciclo económico a través de políticas fiscales y monetarias estudiadas específicamente para -y desde- estas latitudes.  


Es muy probable que la CEPAL siga siendo receptora neta de críticas, aunque con menor atención que hace 70 años. Probablemente le valgan muchas de ellas por su falta de oportunidad para incorporar al análisis las configuraciones de poder fuera del ámbito de meros agentes, aunque difícilmente podría ser de otra manera, dado que el discurso gravita en el ámbito de la Organización de las Naciones Unidas. De lo que quedan pocas dudas, es que emite un mensaje de fuerte oposición a la ortodoxia identificada en los discursos teóricos de la academia estadounidense y las políticas y diagnósticos que promueven otros organismos multilaterales, como el FMI y el Banco Mundial. De este modo, habilita un espacio de debate sobre prescripciones políticas y legitima varias críticas al mainstream con un impacto que difícilmente se logre desde otra institución. Tal vez, en todos estos años la construcción de este espacio y las épocas de fomento al pensamiento crítico hayan sido la mayor contribución de la CEPAL a la región.  

Mariano Arana y Alan Cibils[1]



[1] Investigadores docentes del Área de Economía Política, Instituto de Industria, Universidad Nacional de General Sarmiento.

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